Andino en el recuerdo: Cristina Valfré, la serodinense que lleva a Pueblo Andino atado al alma

Oriunda de Serodino, profesora de Contabilidad y Economía, Cristina Valfré tiene 73 años y una historia profundamente enlazada con Pueblo Andino. Sus antepasados fueron parte de los primeros tiempos de esta tierra, cuando el pueblo todavía no era pueblo, cuando el tren marcaba el ritmo de la vida y las casas familiares eran también puntos de encuentro, trabajo y memoria. Para esta entrevista, buscó especialmente viejas fotografías familiares que compartimos junto a su testimonio. Imágenes que no solo retratan rostros: también abren una ventana a ese Andino que muchos añoran, recuerdan y siguen sintiendo propio.


Hay personas que nacen en un lugar y pertenecen a otro por herencia, por memoria, por sangre o por amor. Cristina Valfré nació en Serodino, vive allí y desarrolló su vida profesional como profesora de Contabilidad y Economía. Sin embargo, cuando habla de Pueblo Andino, algo cambia en su voz. Aparecen nombres, calles, casas, familias, apodos, olores, escenas de infancia y recuerdos heredados que la unen de manera entrañable a este pueblo maravilloso que tenemos la suerte de habitar.

Cristina no nació en Andino, pero Andino la habita. Lo lleva anclado en el alma, abrazado a su historia familiar y sostenido por la memoria de su madre, Clara Celario, a quien todos conocían como “Peteca”. Una mujer nacida en Andino en 1928, que aunque luego formó su vida en Serodino, nunca pudo dejar de hablar de su pueblo natal.

“Mi mamá vivía hablando de Andino”, recuerda Cristina. Y en esa frase breve parece resumirse una vida entera de pertenencia.

El vínculo de Cristina con esta tierra viene de lejos. Sus abuelos maternos fueron Lorenzo Celario y Florinda Riuli. Sus bisabuelos, entre ellos Juan Bautista Riuli, se radicaron en la zona cuando Andino todavía empezaba a tomar forma. Según cuenta, vivían en la zona rural de lo que hoy conocemos como Pueblo Andino y sus registros familiares aparecen vinculados al Convento San Carlos, donde quedaron asentados nacimientos y bautismos de aquellos primeros años.

“Mis bisabuelos se radicaron en la zona de Andino antes de que Andino existiera como pueblo”, relata Cristina.

En esa reconstrucción familiar aparece una imagen poderosa: la casa de Juan Bautista Riuli, ubicada frente a la estación del ferrocarril, donde habría funcionado un bar y posiblemente un almacén de ramos generales. Una casa ligada a los orígenes, al paso del tren, a los primeros encuentros y a la vida cotidiana de quienes fueron abriendo camino en esta tierra.

“Esa era la casa que dicen que fue una de las primeras del pueblo. Yo llegué a conocerla porque allí vivía un tío de mi mamá, Pedro Riuli, a quien en Andino le decían ‘el Pato Riuli’. Era una casa antigua, con un salón grande y una galería muy ancha con piso de ladrillo”, recuerda.

La casa, con el tiempo, fue vendida y demolida. Pero en la memoria de Cristina sigue en pie.

Peteca, la niña que no quería irse de Andino

La historia de Clara Celario, “Peteca”, ocupa un lugar central en este relato. Nacida en Andino en 1928, fue una niña profundamente ligada al pueblo. Cuando su padre Lorenzo decidió irse de Andino, ella no quiso acompañarlo.

“Mi mamá decía que lloraba porque no se quería ir de Andino. Entonces se fue a vivir con sus abuelos Riuli y se quedó”, cuenta Cristina.

Peteca permaneció en el pueblo hasta 1951, cuando se casó con el padre de Cristina, de apellido Valfré, hijo de inmigrantes italianos y oriundos de Serodino. Se conocieron en Andino, vivieron allí un breve tiempo y luego se instalaron definitivamente en Serodino. Pero el traslado nunca borró el origen.

“De acá nunca más nos fuimos”, dice Cristina sobre Serodino. Pero enseguida aclara que el lazo con Andino siguió intacto: por los abuelos, por los tíos, por los vecinos, por las visitas y por esa red afectiva que unía a las familias de antes.

Peteca hablaba siempre de “su Piojo Rengo”, de la escuela, de la estación, de las familias conocidas, de los amigos de la infancia. Recordaba la escuela primaria, primero en una casa vieja cercana al ferrocarril y luego en el edificio actual, que por entonces era más pequeño. También mencionaba a la directora Susana Sgrazzutti, que vivía en la parte de arriba y desde una ventana observaba a los chicos al salir de clases.

“Mi mamá contaba que salían de la escuela con su hermano y otros chicos, y por ahí se hacían tiradas de tierra o peleas. Ella decía que la directora los veía desde arriba y al día siguiente tenían el castigo”, recuerda Cristina entre la ternura y la sonrisa.

Una infancia entre Serodino y Andino

Cristina nació en 1952. Es la mayor de tres hermanos: Jorge, nacido en 1954, y Ricardo, en 1957. Aunque su vida cotidiana transcurrió en Serodino, Andino fue siempre parte de su geografía familiar.

“Nosotros seguimos siempre ligados a Andino”, afirma.

Sus abuelos Lorenzo y Florinda se fueron a vivir al lado de la comisaría de Andino. Allí quedó también su tío Isidro, a quien muchos vecinos recuerdan andando con su carro por el pueblo. Tenía un kiosco frente a la Celulosa y, según cuenta Cristina, pese a sus dificultades físicas, se levantaba de madrugada para abrir.

“Siendo inválido, iba a las tres y media de la mañana a abrir el kiosco. Le compraban cigarrillos y masitas. Nosotros conocemos a muchísima gente de la gente originaria de Andino”, señala.

En la memoria familiar, Lorenzo y Florinda también aparecen bajo los apodos entrañables de “el Vecho” y “la Vecha”, derivados del italiano vecchio y vecchia, el viejo y la vieja. Así los conocía buena parte del pueblo.

Cristina recuerda a su abuelo Lorenzo como un hombre bueno, querido, de esos que dejan huella sin proponérselo. Una vez, cuenta, Rodolfo Raggio —a quien conocían como “el Flaco Raggio”— le dijo algo que la emocionó profundamente.

“Me dijo que él quería que sus nietos tuvieran de él el mismo recuerdo que él tenía de mi abuelo, porque era una muy buena persona. Eso me emocionó mucho”, cuenta.

También recuerda historias de pesca, comidas junto al río y encuentros que formaban parte de la vida simple y comunitaria de aquellos años.

El río, los bailes y la primavera

Cuando se le pregunta qué recuerdos de Andino le vienen si cierra los ojos, Cristina responde sin dudar:

“El río”.

Y enseguida aparecen otras imágenes: los picnics de primavera en el Club Celulosa, los jóvenes de Andino que iban a la escuela secundaria en Serodino, los compañeros, los reencuentros, los nombres que siguen vivos aunque el tiempo haya pasado.

“Nos encontrábamos el Día de la Primavera. Venían muchos jóvenes de Andino a la escuela secundaria de Serodino, no solamente compañeros míos sino también de otras promociones”, recuerda.

También aparecen los bailes. En una de las fotografías familiares que Cristina buscó especialmente para esta entrevista, se ve a su mamá participando de uno de aquellos encuentros sociales de juventud, posiblemente en el salón de Muratore. Peteca formaba parte de la comisión organizadora de esos bailes.

“Mi mamá me contó que ella estaba en la comisión organizadora del baile. Por eso está esa foto en la que aparecen varias mujeres”, explica.

Las fotos, en esta historia, no son un detalle. Son una forma de volver. Cristina las buscó para esta ocasión con el deseo de compartir algo más que un testimonio: quiso abrir su archivo familiar y ponerlo al servicio de la memoria colectiva de Pueblo Andino.

Porque cada imagen tiene una escena detrás. Y cada escena tiene un nombre, un apellido, una calle, una casa, una mesa compartida.

La casa abierta y el Andino de antes

En el relato de Cristina aparece una constante: la casa como lugar de encuentro. Las familias que abrían sus puertas, los vecinos que se sentaban juntos, las comidas, los saludos, las relaciones que se sostenían durante décadas.

Habla de su abuela Florinda como una mujer trabajadora, fuerte, alegre. La recuerda en el campo, ayudando en las carneadas, amasando fideos, jugando a las cartas y llegando en sulky a visitar a la familia.

“Mi abuela era muy trabajadora. Siempre alegre. Le gustaba muchísimo jugar a las cartas. Cuando vivía en el campo venía en sulky a visitarnos y se quedaba compartiendo”, cuenta.

También recuerda que la casa de sus abuelos era un lugar de puertas abiertas.

“Todo Andino iba al campo de ellos. Eran de corazón abierto con todos”, dice.

Esa frase parece describir no solo a una familia, sino a una época. Un Andino donde los vecinos se conocían por el nombre, el apellido y el apodo. Donde las esquinas tenían dueño en la memoria. Donde una comisaría, una estación, una escuela, un kiosco o un club podían ordenar la vida social de todo un pueblo.

Cristina menciona familias y personas que forman parte de ese mapa afectivo: los Bianchi, los González —a quienes su madre recordaba como “Agripino”—, Beto Leonardi, Elvia Leonardi, Angelita Presenza, los Stona, los Jaime, los Ferreira, los Piccolo, Duilio Civetta y tantos otros nombres que aparecen como mojones de una historia compartida.

No todos los datos llegan con precisión documental. Algunos vienen como vienen los recuerdos: con dudas, con risas, con apodos, con “me parece”, con “creo que”, con “no sé si vivirá todavía”. Pero esa es también la riqueza de la memoria oral: no busca completar un archivo perfecto, sino conservar el latido de una comunidad.

“Nos saludamos como si fuéramos una gran familia”

A sus 74 años, Cristina sigue visitando Andino con frecuencia. Vuelve a ver a familiares, a recorrer lugares, a encontrarse con personas que, aunque el tiempo distancie, siguen formando parte de una misma historia.

“Cuando nos vemos, nos saludamos, nos abrazamos como si fuéramos una gran familia”, dice.

Tal vez esa sea una de las claves de esta entrevista. Cristina es de Serodino, pero su historia está enlazada a Pueblo Andino por una pertenencia que no se mide en domicilio. Se mide en memoria, en sangre, en afectos, en relatos transmitidos de madre a hija, en fotos guardadas durante años, en nombres que todavía despiertan sonrisas.

Su madre Peteca nunca dejó de recordar a Andino. Y Cristina, de algún modo, heredó esa nostalgia. Una nostalgia luminosa, sin tristeza, hecha de gratitud. La nostalgia de quienes se fueron, pero nunca terminaron de irse. La de quienes vuelven cada vez que pueden. La de quienes, aunque vivan en otro lugar, siguen sintiendo que una parte de su vida quedó para siempre en estas calles.

Pueblo Andino tiene eso: quien lo habita lo quiere, y quien lo deja, lo añora.

Cristina Valfré lo sabe. Por eso vuelve. Por eso recuerda. Por eso buscó viejas fotografías familiares para compartirlas con nosotros. Porque en cada una de esas imágenes no solo está su historia: también está una parte de la historia de este pueblo.