Bibiana Pivetta y Oscar Pagnucco fueron protagonistas del primer encuentro de este nuevo espacio, creado para recuperar historias, voces, anécdotas y recuerdos que forman parte de la identidad colectiva de Pueblo Andino.
Hay pueblos que no se explican solamente con fechas, documentos o nombres escritos en un archivo. Hay pueblos que viven también en una voz, en una fotografía guardada, en el sonido de una fábrica, en el recuerdo de una calle de tierra, en una anécdota familiar o en el relato de quienes llegaron de lejos para quedarse.
Con ese espíritu nace Andino en el Recuerdo, un nuevo espacio de la Web de Andino pensado para recuperar la memoria viva del pueblo. Una invitación abierta a vecinos y vecinas para contar sus historias, compartir recuerdos y aportar a una construcción colectiva que no debe perderse.
Para iniciar este camino, la primera entrevista reunió a dos personas profundamente ligadas a la historia local: Bibiana Pivetta, Licenciada en Historia, egresada de la Universidad Nacional de Rosario, y autora de los libros Memorias de Pueblo Andino —publicado en 2005— y Migración y vida cotidiana en Pueblo Andino —publicado en 2008—; y Oscar Pagnucco, ex presidente comunal de Andino y ex diputado provincial.
Ambos fueron parte de una experiencia que marcó un antes y un después en el rescate de la historia andinense.

Oscar recuerda que todo comenzó con un deseo muy personal: dejar algo escrito para el pueblo.
“Está ese dicho que dice que uno tiene que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Yo me había propuesto escribir un libro”, cuenta entre risas. Incluso llegó a viajar a Santa Fe, investigar y tomar apuntes. Pero, como él mismo reconoce, “todo no se puede hacer en la vida”.
Fue entonces cuando, a través de un amigo, conoció a Bibiana, quien vivía en Rosario y frecuentaba Andino por amigos comunes. De aquella charla inicial nació una responsabilidad enorme: contar la historia de un pueblo.
“Lo que yo quería lograr era que Andino, a través de la escritura, tuviese un libro que perdurase en el tiempo. Que fuera un puntapié inicial para que otras personas pudieran seguir aportando al desarrollo de la historia del pueblo”, recuerda Oscar.
Bibiana asumió ese desafío con la rigurosidad de una historiadora y la sensibilidad de quien entiende que detrás de cada documento también hay una vida. El primer libro, Memorias de Pueblo Andino, llevó casi dos años de trabajo. Fue una investigación tradicional, basada en archivos, registros y documentación histórica. Buena parte de ese material se encontraba en el Archivo Histórico de Santa Fe.
En ese camino también lograron ubicar a María Andino de De La Fuente, hija del fundador del pueblo, quien vivía en Buenos Aires. Hasta allí viajaron para entrevistarla y sumar su testimonio a la reconstrucción histórica. Pero aquel encuentro no solo aportó al libro: también removió algo profundo en ella. Poco tiempo después, ya octogenaria, María tomó una decisión que parecía esperarla desde siempre. “¿Qué estoy haciendo en Buenos Aires? se preguntó entonces …Volver a Andino es todo lo que quería”. Y así fue como regresó a esta tierra para vivir sus últimos años, acompañada por su hija y su nieta.
El segundo libro, en cambio, tuvo otro pulso. Fue el que Bibiana debió “convencer” a Oscar de hacerlo. Ya no se trataba solamente de documentos, sino de voces. De relatos. De memorias personales.
“Mi especialidad como investigadora es la historia oral y las corrientes migratorias”, explica Bibiana. “La idea era reconstruir a través de la memoria”.
Ese trabajo exigió conformar un equipo, realizar entrevistas, clasificarlas y desgrabarlas. Fue fundamental entonces la participación de personas del pueblo, como Marcela Geminale que ofició de nexo con los vecinos. Porque, como recuerda Bibiana, muchas veces la gente no cuenta todo en la primera charla. A veces los recuerdos aparecen en la segunda, en la tercera o en la cuarta conversación.
Por eso, aunque aquel segundo libro fue más trabajoso, también resultó profundamente humano.
“Ahí está precisamente la memoria que vive en la gente”, resume.
Entre las historias recuperadas aparece una parte central de la identidad de Andino: las familias que llegaron desde María Grande (ER), para trabajar en la curtiembre de Andrés Cristhian Larsen Böll. Hombres y mujeres que vinieron buscando trabajo y que, con el tiempo, pasaron a ser parte inseparable del pueblo.
Uno de los momentos más emotivos vinculados a esa investigación fue el viaje “Uniendo raíces”, organizado en agosto de 2007 por la Comuna y el equipo de investigación. La propuesta permitió que numerosas familias que habían llegado a Andino desde María Grande pudieran volver a visitar su tierra de origen, en la enorme mayoría de los casos, después de décadas.
El regreso estuvo atravesado por lágrimas, risas y abrazos largamente postergados. Al caminar los viejos sitios de la infancia perdida, rescataron del olvido voces y rostros que el tiempo no había podido borrar. Momentos entrañables que quedarán grabados por siempre, en la memoria compartida.

Bibiana recuerda especialmente la visita a una iglesia que estaba cerrada por refacciones. Allí, Cándido “Cano” Monzón exclamó entre carcajadas: “En esta iglesia me casé, hace 46 años”. La risa fue acompañada por todos, que enseguida bromearon: “¿Por qué no habrá estado cerrada entonces?”.
Ese día, por pedido de las autoridades locales y ante la emoción de la comitiva, la iglesia volvió a abrirse para ellos. Tres matrimonios del grupo habían contraído enlace en aquella antigua construcción. Volver a caminar hacia ese altar fue, para muchos, una manera de reencontrarse con su propia historia.
La charla también llevó inevitablemente a uno de los grandes símbolos de Andino: la papelera.
Su origen se remonta a fines del siglo XIX, cuando los hermanos Olivetti visitaron la zona de la represa del río Carcarañá y sugirieron a Juan José Andino aprovechar la fuerza del agua para fabricar papel. Poco después comenzó a levantarse el primitivo galpón y llegó desde Turín una máquina denominada “La Primera”. El cauce natural del río fue desviado mediante un canal donde se instaló una rueda hidráulica que se mantuvo activa durante más de cien años.
La papelera fue mucho más que una fábrica. Fue trabajo, progreso, rutina, pertenencia y vida cotidiana. Llegó a fabricar papeles finos, papel moneda, papeles para estampillas y fruteros con anilinas traídas desde Alemania. Durante generaciones fue la principal fuente laboral del pueblo.
Oscar recuerda que su padre ingresó a la papelera a los 14 años y trabajó en la fábrica hasta el momento de su jubilación. También cuenta, con tono risueño, que los buenos sueldos de la fábrica hacían que los muchachos de Celulosa fueran a los bailes de la zona casi como una carta de presentación: esa prenda los volvía candidatos especialmente codiciados por las chicas del lugar.
Pero la historia de la papelera también tiene una marca dolorosa. Tras distintas etapas, cambios de dueños y sucesivas crisis, cerró definitivamente sus puertas en 2020. Para Andino fue un golpe durísimo. Una herida económica, social y afectiva, porque gran parte de la vida del pueblo había estado directa o indirectamente ligada a su funcionamiento.
En el diálogo también aparecieron los cambios urbanos, los nuevos vecinos, las distancias internas y las formas en que un pueblo va creciendo sin dejar de preguntarse por su identidad.
Oscar recordó aquella división entre el casco viejo y la zona “del otro lado de la vía”, conocida por los nativos de Andino como “El Piojo Rengo”. Y contó una situación con la picardía propia de quien la vivió desde adentro:… durante su gestión en la Comuna, algunos vecinos se acercaron molestos por ese nombre y le pidieron que lo cambiara. “Pónganle el nombre que quieran”, les respondió. Para quienes habían crecido en el pueblo, explicó, la expresión no tenía una intención despectiva. Bibiana aportó entonces una mirada histórica: esa percepción de margen, de “otro lado”, es común en muchos pueblos atravesados por vías, caminos o fronteras simbólicas
También hablaron de los que llegan “de afuera”. Coincidieron en que los resquemores frente a los recién llegados no son exclusivos de Andino, sino propios de muchos pueblos. Al principio puede haber distancia, cierta resistencia, pero con el tiempo los nuevos habitantes pasan a formar parte de la trama común.
Hacia el final de la entrevista, la propuesta fue cerrar los ojos y evocar un sonido, un aroma o una imagen que remitiera a la esencia de Andino.
Oscar no dudó: el sonido era el pito de la fábrica.
“A la mañana, cuando entraba la gente; al mediodía, cuando salían… nos manejábamos con ese sonido. Marcaba el ritmo del pueblo”.
El aroma, para él, es el de la naturaleza. El olor del campo, de la vegetación nativa, de un paisaje que todavía permanece en su memoria.
Bibiana eligió otros sonidos: el viento, los pájaros y también el tren. Contó que siempre amó la vida de pueblo, desde chica, cuando visitaba San Jorge, la tierra de su padre. A Andino llegó primero por amigos, con los que compartía mateadas junto al río y caminatas por las vías del ferrocarril.
“Yo llegaba acá y se me pasaba el dolor de cabeza, el cansancio. Es la naturaleza”, recuerda.
Aquella casa que Bibiana y Marcelo, su esposo, construyeron originalmente como lugar de fin de semana, hace años se convirtió en su vivienda permanente. Hoy, Bibiana forma parte de la vida cotidiana de Andino con el mismo bajo perfil con el que escribió sus libros: muchos quizás no sepan que detrás de esas páginas fundamentales para la memoria del pueblo hay también una vecina cercana, referencia para tantas familias que llegan a La Perruquería, la veterinaria de su hija Maribi, para atender a sus mascotas.

Así comienza Andino en el Recuerdo: con dos voces que ayudaron a escribir una parte fundamental de la historia local, pero también con una invitación abierta.
Porque la memoria de un pueblo no está solamente en los libros. Está en quienes trabajaron en sus fábricas, en quienes llegaron desde otras provincias, en quienes cruzaron la vía todos los días, en quienes fueron a los bailes, en quienes escucharon el pito de la papelera, en quienes recuerdan la curtiembre, el río, el tren, la iglesia, las calles, las casas y los nombres.
Cada vecino guarda una parte de Andino.
Y este espacio nace para que esas partes se encuentren, se cuenten y sigan viviendo.
