Llegó a Andino siendo una niña y, desde entonces, su vida quedó unida para siempre a la historia del pueblo.
Con memoria intacta, humor, fortaleza y una enorme vitalidad, Marga Prada de Pacheco repasa sus recuerdos más queridos: la sodería familiar, los bailes de juventud, las amistades de toda la vida, sus años de trabajo y ese Andino de antes que todavía sigue vivo en su corazón.
Margarita Prada de Pacheco nació en Palermo, Buenos Aires, y pasó sus primeros años entre el movimiento de la gran ciudad y la sodería que tenía su familia en el barrio de Núñez. Su padre trabajaba en el reparto de soda, en una época en la que todavía se hacía con caballos. Marga recuerda con una precisión asombrosa aquellos días: la avenida Libertador, la escuela, el barrio y hasta el paso cotidiano de Juan Domingo Perón y Eva Perón cerca del negocio familiar.
Pero su historia con Andino había comenzado incluso antes de instalarse definitivamente. De muy pequeña, su madre la traía a pasar los veranos al pueblo, aconsejada por los médicos para que creciera más fuerte. “A los ocho meses ya me traían al río”, recuerda entre risas. Sin embargo, una cosa era vacacionar y otra muy distinta dejar Buenos Aires para venir a vivir a un pueblo que, por entonces, tenía calles de tierra, pocas luces y un ritmo completamente diferente.
Fue en 1948, cuando Marga tenía 11 años, que la familia Prada llegó definitivamente a Andino. Su padre había comprado una antigua sodería que pertenecía a Chiapa. “No era una sodería, era un rancho”, cuenta. Durante ocho meses trabajaron para levantar allí la casa, el negocio y la caballeriza para cinco caballos, replicando el modelo de la sodería que tenían en Buenos Aires. Las máquinas, los sifones y hasta la cerveza llegaban en tren desde la capital.
La llegada al pueblo y las primeras amistades
Aunque al principio no quería quedarse, Marga se adaptó pronto. Su primera gran amiga fue Pocha Padrón, que vivía frente a su casa. Luego llegarían muchas otras amistades que marcarían su juventud y su vida entera. De aquel Andino recuerda especialmente el sentido de comunidad: “Era una familia grande. Nos conocíamos todos”.
También guarda una memoria entrañable de la vida social del pueblo. Los domingos, los jóvenes se reunían en la esquina de D’Annunzio, donde funcionaba un almacén de ramos generales. Allí se encontraban chicas y muchachos, en un ambiente que Marga define como “sano, respetuoso, de mucha amistad”.
Los bailes eran otro capítulo inolvidable. Se hacían en los clubes Celulosa y Defensores, entre los que existía una fuerte rivalidad. Como su padre tenía comercio y mantenía buena relación con todos, ella iba “un rato a uno y un rato al otro”. Recuerda las orquestas, las señas para invitar a bailar, las amigas y la compañía de doña Pina Vecchio, que hacía las veces de chaperona. “Me encantaba bailar”, dice Marga, y en sus palabras todavía se escucha la alegría de esas noches.
El amor, la familia y la fortaleza
En Andino conoció a quien sería su esposo, Sergio Omar Pacheco, a quien todos llamaban cariñosamente “Pelele”. Se pusieron de novios cuando ella tenía 15 años y se casaron a los 20. Juntos formaron su familia y tuvieron a Analía, su hija.
Su vida también atravesó momentos profundamente dolorosos, que Marga cuenta con una sinceridad conmovedora. Pero incluso al hablar de las pérdidas y las dificultades, aparece siempre la mujer fuerte que supo seguir adelante. Años más tarde cuidó durante largo tiempo a su esposo, enfermo, con una entrega total.
Hoy, su mayor felicidad está en su familia: sus nietos Emiliano y Florencia, y sus cinco bisnietos, a quienes nombra como parte esencial de su presente. “Son mi vida”, resume.
Una mujer inquieta, trabajadora y pionera
Marga nunca fue de quedarse quieta. “Lo único que me faltó en la vida fue revolear la cartera”, bromea. Y no exagera: fue taxista, hizo remisera, atendió la panadería familiar, tuvo un bar y fue, según recuerda, la primera mujer en realizar transporte escolar en San Lorenzo, llevando chicos de Andino a estudiar.
Aquellos viajes comenzaron hacia fines de los años 60 y principios de los 70. Llevaba estudiantes de secundaria, primaria y jardín, y todavía recuerda con cariño a muchos de ellos. Con su carácter firme, mantenía el orden con solo golpear el vidrio del vehículo. “Me tenían mucho respeto”, cuenta.
También tuvo un bar inolvidable: Mamaza, ubicado donde antes funcionaba la panadería, sobre calle 25 de Mayo. Primero llegaron las maquinitas, luego la fonola, y con ella los bailes y las noches interminables. “Empezaba los viernes y me acostaba recién los domingos a la noche”, recuerda divertida. El bar se volvió un punto de encuentro para los jóvenes, siempre bajo sus reglas claras y su presencia firme detrás del mostrador.
Las fiestas de barrio y un Andino que ya no es igual
Entre sus recuerdos más queridos están las celebraciones de Año Nuevo en la cuadra de la antigua sodería de su hermano. Los vecinos cerraban la calle, sacaban tablones, cada familia llevaba comida y entre todos compraban las bebidas. Era una fiesta de barrio, compartida, ruidosa y feliz. Marga recuerda las bromas, las bombas de estruendo y aquella competencia festiva con otros grupos del pueblo.
Al mirar el Andino actual, reconoce el crecimiento y los cambios, pero también extraña aquel tiempo en el que todos se saludaban y se conocían. “Hoy vas a los negocios y no te conoce nadie. Antes éramos todos una familia grande”, dice.
Sin embargo, no hay nostalgia amarga en su mirada. Marga ama la vida, sigue haciendo gimnasia, disfruta de salir, de conversar, de viajar y de mantenerse activa. Con casi 90 años, habla del futuro con entusiasmo: su bisnieta quiere festejar sus 15 junto a los 90 de ella, una idea que la divierte y emociona por igual.
Una vida que deja huella
Marga Prada de Pacheco es memoria viva de Andino. En su historia se cruzan la inmigración, el trabajo familiar, los oficios de pueblo, las amistades de toda la vida, los bailes, los comercios, las fiestas barriales y la fuerza de una mujer que supo abrirse camino con personalidad, humor y coraje.
Cuando se le pregunta qué consejo daría a los jóvenes, responde sin vueltas: “Que sepan vivir la vida, pero que la vivan bien. Que estudien, que tengan un futuro como la gente.”
Marga habla de otro tiempo, pero también habla al presente. Porque su historia no pertenece solo al recuerdo: sigue siendo parte de la identidad de Andino y de esas mujeres que, con su vida cotidiana, hicieron y siguen haciendo historia.

