En los recuerdos de Elvio Fernández, Liliana Caló y Piti Lencina aparece un Andino de la fábrica, vermú, cartas y conversaciones que llegaban hasta la madrugada. De muchos de aquellos bares quedan los nombres. En el Bar de Caló todavía hay alguien que pregunta por el que falta.
Para Elvio, cruzar esa puerta por primera vez a sus 14 años, no fue un acto fortuito; fue entrar al templo donde los mayores parecían héroes invencibles.
Años después Elvio, ya cliente, adelantaba el despertador para ir al bar.
Entraba a trabajar a las cuatro de la mañana y se levantaba antes de lo necesario. Sabía que en lo de Caló iba a encontrar gente. Se quedaba un rato, tomaba un café, conversaba y después seguía hacia la fábrica. El sueño que perdía tenía esa recompensa: empezar el día entre conocidos.
Hay que detenerse en ese recuerdo para entender lo que fueron aquellos boliches. Un hombre al que le tocaba trabajar de madrugada elegía acortar su descanso para compartir un rato con otros. Tenía la certeza de que, a esa hora, alguien iba a estar.
El Andino de entonces también puede contarse así: por los lugares donde uno sabía que encontraría compañía.
Piti Lencina recuerda un pueblo con menos habitantes y más bares. Nombra el Central, el club Celulosa, el Chiripí, otros establecimientos del otro lado de la vía. En su memoria estaban llenos.
A la par de las vivencias del mostrador, Piti representa esa estirpe de parroquianos que le dan pulso y vida a la «planchada» del bar. Conocedor como pocos de cada rincón, de cada anécdota y de los códigos no escritos de la barra, Piti resume la pertenencia que siente la gente del lugar.
«Este bar es como nuestra segunda casa. Acá venís a festejar cuando las cosas van bien, pero también venís a buscar refugio cuando la mano viene dura», reflexiona Piti. «Por estas mesas pasaron hombres y mujeres que hicieron a la historia de Andino..
A las seis de la tarde había vermú y picadita; antes y después había trabajo, y entre una cosa y la otra, tiempo para sentarse.
Habla de los hacheros que venían a cortar eucaliptos, de los trabajadores santiagueños, de los hombres que cargaban y descargaban cereal, de los obreros de Celulosa. Recuerda la madera trabajada a hacha y las casas que se levantaron con los salarios de la fábrica. Al nombrar los bares va apareciendo, alrededor, el pueblo que los sostenía.
Pero Piti también devuelve a los habitués a sus mesas. Nombra a Cachín, a Copete, a Ventaja, a Miguel Flores, al Pucho González. Un nombre trae otro; entre los apodos y los apellidos vuelve a reunirse una parte de Andino.
—Impresionante la gente que venía acá.
Elvio aporta la medida de una picada: el platito de acero inoxidable, el queso, la mortadela, el maní, los palitos. El vermú al lado. Y alguno que pasaba y aprovechaba para sacar una aceituna de una mesa ajena.
En esos detalles vuelve una época. En lo que se servía, pero también en la confianza necesaria para meter la mano en el plato de otro.
Elvio tenía catorce años cuando empezó a acercarse. El bar estaba en la esquina y quien atendía era Juan Carlos, hermano de Oscar. Iba a ayudar por su cuenta. Después se quedaba.
Los grandes contaban historias y él escuchaba.
«Para mí todos los mayores eran como ídolos míos», dice.
Cada uno tenía una hazaña. La pesca mejoraba a medida que avanzaba el relato; el tamaño del pescado dependía de las manos del narrador. Elvio reconoce ahora las exageraciones que entonces seguía con los ojos abiertos. Incluso cuando empezó a descubrirlas, siguió escuchando. Había placer en conocer a quien contaba y esperar hasta dónde se animaría a llegar.
El mostrador reunía a siete, ocho, nueve hombres, uno junto al otro. Se hablaba, se discutía, se sabía quién había muerto y qué había pasado en el pueblo. Las noticias llegaban con una persona y pasaban de boca en boca, mezcladas con comentarios, bromas y versiones.
Liliana recuerda que la clientela era mayormente masculina. Alguno iba acompañado, pero predominaban los hombres. Ese también era el mundo de aquellos bares: sus costumbres, sus permisos, sus maneras de ocupar el tiempo.
Se jugaba al truco, al tute cabrero. Piti recuerda además el gofo y los dados: una piecita cerrada, un tablón y los jugadores de pie alrededor. Cuando se juntaba demasiada gente, cuenta, la reunión se trasladaba a un local más grande. El recuerdo conserva hasta esas dimensiones: dónde entraban, cómo se acomodaban, cuándo el lugar les quedaba chico.
Había sobremesas que se extendían hasta las tres o las cuatro de la mañana. Elvio recuerda que algunos comían y otros seguían en la barra, acompañándolos. Bastaba quedarse.
Mucho antes de poder explicárselo, su padre ya le había dado una respuesta. Iba a otro bar, enfrente. Cuando su mujer le preguntaba por qué no compraba la bebida y la tomaba en casa, contestaba:
—Porque no es lo mismo.
Pasaron los años. Elvio se hizo grande y terminó repitiendo esa frase.
En las fotografías aparece Oscar, Piturro. Elvio lo recuerda preparando todo, atendiendo, sirviendo. Recién cuando los demás habían comido y bebido se sentaba con un poco de Gancia.
Le anunciaban quince comensales y llegaban veinticinco.
Al evocarlo, Elvio todavía se pregunta cómo hacía para darles de comer a todos. Liliana, su mujer, tiene una explicación más cercana a la cocina: agregaba papas fritas, conseguía un matambre que se hiciera rápido, encontraba la manera. Le gustaban las ollas, las pastas.
Donde un amigo recuerda una proeza, ella recuerda el trabajo.
Las dos memorias se completan. En una está el hombre capaz de recibir a diez más; en la otra, lo que había que hacer para que alcanzara. La generosidad tenía esas tareas concretas y alguien debía ocuparse de ellas.
—Lo extraño mucho —dice Elvio.
Y lo vuelve a decir.
Después aparece Marcelo Araujo. El rubio de la foto, el de la pinta y la labia. Piti también lo recuerda: al mediodía estaba ahí, haciendo bromas. Otros bromeaban un rato y seguían; Marcelo era el que siempre estaba.
Piti le devuelve también la música a esa reunión. Recuerda que algunos traían una guitarra y cantaban folclore. Marcelo mismo lo hacía. Además de su imagen en una foto, queda ese recuerdo suyo entre los demás, cantando un poquito.
Elvio lo nombra varias veces cuando le preguntan por los amigos que extraña.
—Sobre todo a Marcelo.
Intenta explicar la diferencia entre despedir a los mayores que había conocido de chico y perder a los compañeros de su propia vida. A los primeros los vio envejecer. Con los otros todavía quedaba tiempo por compartir.
—Pero se me fueron amigos jóvenes.
El bar conserva algo especialmente doloroso de esas ausencias: el lugar donde ocurrieron los encuentros sigue estando. Se puede volver. Se puede señalar una foto, recordar una ocurrencia, contar dónde se ponía cada uno. Lo que ya no se puede es encontrar la misma reunión.
Cuando murió Oscar, Liliana pensó en cerrar.
Él tenía cincuenta y ocho años; ella, cincuenta y siete. Había tres hijos y una vida que seguir sosteniendo. El bar era trabajo e ingreso. También era el lugar donde había transcurrido buena parte de la historia familiar.
Liliana lo pensó un tiempo. Después decidió continuar.
Esa decisión tiene un peso que podría perderse entre tantas anécdotas. Para que los demás siguieran teniendo adónde ir, ella tuvo que seguir abriendo. Mientras los amigos extrañaban a Piturro, su mujer atendía el negocio y buscaba cómo salir adelante sin él.
«Yo pienso que gracias a eso seguí adelante», dice.
El bar ayudó a sostenerla y ella sostuvo el bar.
Los horarios cambiaron. Las comidas se hicieron menos frecuentes. Liliana acomodó la atención a sus posibilidades. Hay cosas que necesitan mantenimiento; se hace lo que se puede. La continuidad del Bar de Caló también está hecha de esos esfuerzos, de las decisiones que se toman cada día para que el lugar pueda seguir funcionando.
Cuando le preguntan por los clientes de ahora, explica que son casi siempre los mismos. El trato se volvió familiar.
—El día que uno no viene preguntamos qué pasa.
Después de tantos recuerdos, esa frase trae la historia al presente. Todavía importa si alguien llega. Todavía se advierte una ausencia.
Piti dice que cambió el pueblo y cambiaron las costumbres. Muchos de los bares que nombra ya pertenecen a la memoria. El Bar de Caló sigue en pie.
Para Andino, su permanencia permite algo cada vez menos frecuente: entrar a un lugar del que hablaron los mayores y encontrar que la historia sigue ocurriendo. Con menos gente, con otros horarios, con nombres nuevos y nombres que se repiten porque alguien quiere recordarlos.
Elvio, además de contar, escribe. Durante años le dio vergüenza reconocerlo. Ahora convierte algunos recuerdos en historias.
En una de ellas imagina que una fiesta puede devolver, por una noche, a un amigo que murió. Vuelve Piturro a servir las copas. Vuelven los demás. Se reúnen y después se van.
Elvio sabe que es un cuento. Tal vez por eso puede concederles lo que la vida ya no permite: otra noche juntos.
Al hablar de esas presencias que imagina en el bar, dice:
—En cada ladrillo hay uno.
Con más de seis décadas a sus espaldas, habiendo sobrevivido a las épocas donde el edificio funcionaba como cine, salón de baile, carnicería y punto de encuentro para los colonos que esperaban el tren, este sitio sigue de pie. Y resiste gracias al esfuerzo de Liliana, el cariño firme de Piti, las memorias de Elvio y la devoción de sus parroquianos de toda la vida, que continúan firmes en el mostrador.
Existe un petitorio en marcha para que la Comuna le otorgue finalmente al boliche el reconocimiento histórico y cultural que tanto se merece por ser, literalmente, la memoria y el corazón latente de la historia de Pueblo Andino.
