El sábado, en la previa del Día del Niño, desde La Web de Andino propusimos algo muy sencillo: mirar fotos antiguas, reconocer caras y tratar de descubrir quiénes eran aquellos chicos y chicas que alguna vez corrieron, jugaron y crecieron en nuestro pueblo.
A lo largo del día, en las redes sociales aparecieron galerías con cientos de imágenes. No había nombres ni demasiadas pistas. La consigna era justamente esa: mirar con atención, revolver la memoria y animarse a decir: “ese es…”.
Y Andino jugó.
Surgieron nombres, apodos, dudas, recuerdos y vecinos reconociendo a amigos con los que habían compartido la escuela, la vereda, el club, el río o aquellas interminables tardes de juego. Una fotografía llevaba a otra y, detrás de cada cara, empezaban a aparecer pequeñas historias.
El domingo llegó el momento de revelar las identidades de quienes habían formado parte de la propuesta. Pero quisimos ir un poco más allá. Cuatro vecinos nos abrieron además una pequeña ventana a sus propias infancias: José “Cucheta” Righi, Marcela Geminale, Glinca Presenza y Mario “Chichito” Monzón.
Cuatro recuerdos, una misma infancia de pueblo
Cucheta Righi recuerda aquellos años como algunos de los mejores de su vida. Habla de un Andino donde las bicicletas quedaban afuera, los terrenos baldíos se convertían rápidamente en canchitas y todos los chicos del barrio se conocían.
Entre sus recuerdos aparece una escena sencilla que dice mucho de aquella época: como no todas las familias tenían televisión, seis o siete chicos se juntaban en el Club Celulosa, se sentaban en el piso formando una herradura y miraban juntos Los Tres Chiflados. Y con eso alcanzaba para volver felices a casa.
Marcela Geminale también recuerda una infancia profundamente ligada al barrio. En aquellos años había apenas alguna luz en las esquinas y entre los chicos existía una expresión que lo explicaba todo: “vamos a jugar a la luz”. Todos sabían que significaba encontrarse debajo de aquel farol, único en toda la cuadra, para empezar a jugar.
Lo curioso es que uno de los terrenos baldíos donde pasaba aquellas horas de infancia es el mismo lugar donde hoy está su casa.
Marcela fue hija única hasta los siete años y deseaba tanto tener hermanos que llegó a inventárselos: eran sus vecinos, Chichito y “la Negrita” Monzón, que vivían prácticamente al lado.
Y allí las historias vuelven a cruzarse.
Porque Mario Monzón recuerda que fue justamente Marcela quien comenzó a llamarlo “Chiquito” cuando eran chicos. Con el tiempo, aquel nombre terminó transformándose en el “Chichito” con el que todo Andino lo conoce.
Sus recuerdos llevan también a los circos y las calesitas que llegaban al pueblo, a los espectáculos organizados por la fábrica y a nombres que para aquellos chicos eran enormes, como Carlitos Balá o Titanes en el Ring.
Pero entre tantas imágenes, Chichito guarda especialmente una más doméstica: la de Buqui, el perro que todos los días lo acompañaba junto a su hermana hasta el almacén cuando su mamá los mandaba a hacer las compras con una bolsita y una nota.
Glinca Presenza define directamente aquellos años como bellísimos. Se recuerda como una “niña muy callejera”, jugando a la escondida en la plaza, disfrutando de la playada y del río junto a sus amigos.
En su memoria sobreviven los juegos de la farolera y el pañuelito, las grandes mesas de una familia numerosa y aquellas salidas a tomar una Naranja Crush en el quincho de la playada.
También los festejos de los Papeleros, con espectáculos y regalos que quedaron grabados para siempre en la memoria de los chicos.
Son cuatro historias diferentes, pero al escucharlas aparecen una y otra vez los mismos lugares y las mismas costumbres. El club, la fábrica, las esquinas, los baldíos, la plaza, el río. Los chicos que entraban y salían de las casas, las familias que se conocían y una infancia que, en gran medida, se vivía afuera y con los demás.
Cuando una foto vuelve a poner en marcha la memoria
Eso fue, en definitiva, lo que ocurrió durante este fin de semana.
La propuesta comenzó como un juego de reconocimiento fotográfico, pero rápidamente se convirtió en otra cosa. Porque detrás de la pregunta “¿sabés quién es?” aparecieron recuerdos que probablemente llevaban muchos años guardados.
Las fotos permitieron volver a encontrarse con compañeros de infancia, reconocer apellidos conocidos, recuperar apodos y reconstruir pequeñas escenas de un Andino que cambió, pero que continúa vivo en quienes lo habitaron.
Tal vez por eso la experiencia resultó tan gratificante. Por unas horas, no importó demasiado la edad que cada uno tiene hoy. Andino volvió a mirar las caras de sus chicos y, al hacerlo, todo el pueblo volvió un poco a jugar con ellos.
